St Hedwig

Sinopsis

St Hedwig no pretende ser comedia, ni tan siquiera drama… Lo dejaremos en ese punto intermedio que enlaza ambas tendencias elevándola a la nada desdeñable categoría de “Comedie Amère” que tantas alegrías dio a quienes entendemos la vida como ese agridulce experimento en el que sumergirse, de cuando en cuando,para encontrar algún sentido… por efímero que este sea… y aunque la búsqueda implique perderse o desgarrar el alma.

St Hedwig no habla tampoco de desahucios, desalojos o de vidas truncadas por la crisis… Se centra más bien en la importancia de pertenecer a un lugar y de cómo la perdida de ese pilar esencial, desmonta cualquier posibilidad de redención y despierta a la bestia interna que todos ocultamos secretamente, esa misma bestia que está dispuesta a todo por defender lo que es suyo por definición… al precio que sea.

Nos encontramos frente a un edificio demodé en las afueras de la ciudad. Otrora bastión de progreso y majestuosidad, hoy viste sus cimientos de una apariencia endeble, ciertamente malsana. Su esplendor de antaño cede el testigo a una decadencia irreversible que entierra los años 70 bajo el peso de un inequívoco inicio de siglo. Los trazos marcadamente obsoletos son sólo el envoltorio de una finca en ruinas, contaminada por la enfermedad del hormigón. Aluminosis. Los técnicos y entendidos del ayuntamiento recomendaron tiempo atrás un pronto desalojo del edificio por potencial y previsible derrumbe. Desde el fatídico primer aviso han transcurrido 4 o 5 años. Ahora las palabras amables han dado paso a instancias municipales que invitan con poca sutileza a abandonar la finca ante la inminente demolición del edificio en un plazo innegociable y firme.

Todos los vecinos han ido evacuando sus propiedades, quien sabe si para mejorar su calidad de vida o para ser engullidos por la masa inclemente del anonimato. Tres viviendas parecen, sin embargo, mostrar cierta resistencia ante el implacable azote de la inhumanidad institucional. La fachada dibuja trazos de movimiento, agitación y cierta rebeldía en tres de sus balcones. Ellos son el retrato incandescente de una lucha diaria que se hace corpórea gracias a pancartas con mensajes antisistema, denuncias y alegatos revolucionarios que contrastan con el espíritu anestesiado del resto de viviendas. Tras el escaparate se esconden tres vidas abocadas a la lucha armada. Tres vidas ancladas a un suelo y unas paredes, a una memoria impregnada de inevitable nostalgia”.

Muriel ColliganNacida en Doonberg, una pequeña localidad costera del Oeste de Irlanda, su infancia fue marcada por la impronta de una familia desestructurada, con un padre alcohólico y maltratador, dos hermanos en la cárcel tras ser interceptados en el puerto con un cargamento de tabaco de contrabando y una madre con depresión crónica diagnosticada. El fracaso escolar fue ese poderoso estigma que la condujo casi irreversiblemente hacia el puesto de pescadera que regentó durante varios años en la lonja del pueblo. Conoció a Dermot O’Reilly, un prometedor joven de Galway con ademanes de galán y una ambición desbordante para lo comúnmente aceptado en el condado de Clare.

Aquel joven vendedor de seguros, de quién se enamoró perdidamente logró, sin demasiadas dificultades, convencer a Muriel para abandonar su particular nube gris y buscar el estimable rayo de luz vital en la ciudad de las oportunidades, Londres. Muriel dejó tras de sí muchas de las razones que la hacían sentir infeliz, exceptuando a sus amigos y a su madre, a quien prometió arrancar de las zarpas de su propia negrura cuando su vida con Dermot adquiriera ciertos tintes de estabilidad. Aquel idílico plan se esfumó como la espuma pocos meses después cuando su madre falleció por culpa de una embolia fatal. Muriel se repuso lentamente bajo el abrigo de aquel hombre inquieto y afable que prometía una vida mejor para ambos… Después de varias viviendas en Londres, Manchester y Leeds, encontraron su pequeño nido de amor en una finca recién construida en la periferia urbanística de Sheffield. El futuro auguraba buenas perspectivas profesionales a Dermot, razón por la cual decidieron hacer su primera gran inversión comprando aquel apartamento. Una semana después Dermot murió en un accidente de trafico abordado por un camión cisterna en la carretera que une Sheffield con Dronfield. Muriel recibió una pensión vitalicia por el accidente laboral que arrebató la vida de su amado. El resto es la historia viva de Muriel, una senda de alcohol, soledad, abandono y una obsesión enfermiza… La casa.

Sarah E. Hawkins Sarah Elaine Hawkins nació en el seno de una familia acomodada de Birmingham. Fue educada con la severidad propia de los internados británicos, donde pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia. Su padre, embajador de Inglaterra en los Estados Unidos, cultivó con su hija una relación tan efímera como poco afectiva. Mientras su madre se esforzaba, a duras penas, por ser el eslabón necesario en una familia fragmentada por un océano y la ausencia de cariño más absoluta, Sarah crecía bajo el sentimiento de una frialdad inhumana y nada cómoda para establecer lazos sólidos en sociedad. Además la genética había dotado a Sarah de una racionalidad desorbitada, en su cabeza no existía lo accidental, cada acontecimiento venía provocado por una sucesión de causas claramente definibles. La meningitis severa que sesgó la vida de su madre a sus escasos 43 años, fue sólo la punta del iceberg de un cúmulo de desgraciados accidentes de los que su propio padre era el causante principal.

Sarah, fue firme e insobornable en su decisión desterrando a su padre de su corazón y de su memoria para siempre. La mayoría de edad determinó su ingreso en la universidad para cursar sus estudios de magisterio. La época universitaria representó para la joven el tiempo dorado de la esperanza, tiempo en que las amistades parecían ser honestas, los éxitos académicos abundaban y el amor comenzó a tocar a su puerta. Se llamaba Joseph Hughes y era un prometedor estudiante de derecho. Su idilio fue intenso y se extendió a lo largo de aquel curso del 72. Alcanzando su caducidad con la llegada del verano y los escarceos de Joseph con otras jóvenes más liberales y menos dispuestas a marcar las normas conductuales sobre las que construir una pareja. Sarah se graduó con honores en Oxford y consiguió plaza meses después tras alcanzar el segundo mejor resultado en las oposiciones para maestra, que se realizaron en Sheffield. Allí ejercería su profesión durante más de 35 años, en una escuela privada y muy reputada por sus métodos de enseñanza estrictos. Su jubilación se vio acelerada por el empeño del centro en desentenderse de una vieja maestra amargada que, incapacitada para entenderse con los demás y desarrollar una mínima flexibilidad con los niños, un día golpeó la mesa de su clase y comenzó a gritar y a llorar sin razón y de forma descontrolada. La depresión fue el diagnóstico y su evacuación del centro, la medida definitiva. Desde entonces, vive instalada en su particular imperio de verdades absolutas al que se aferra con fiereza, porque considera que esas cuatro paredes son lo único que le queda en esta vida.

WilburAntoine Bussière nació con la mochila ya cargada de inquietud, un manojo de nervios incapaz de detener sus espasmos siquiera en la vigilia, cuando el mundo parecía entregarse a la causa del silencio sin remordimientos. Antoine era la viva imagen de un ser agitado, que ya anticipaba conflictos de por vida a sus progenitores. Su madre, Jeanne Bussière, se hizo cargo en soledad de aquella criatura desmesurada, el padre sólo fue una conquista de temporada, de esas que de cuando en cuando animaban el espíritu de las noches de verano en Montmartre. Aquel tipo fue un flirteo fugaz, con pocas ganas de echar raíces, un hombre al que Jeanne persiguió hasta la misma Inglaterra con el propósito de cazarlo y pedir cuentas, abandonando su Francia natal y un poco de ese orgullo malherido que engulló en una bocanada de amargura por no haber sido la elegida. Pero nada sucedió y ya estaban allí.

Así pues allí permanecieron. Wilbur fue Wilbur porque se parecía mucho al personaje de una tira de cómic del periódico que Jeanne leía por las mañanas, Wilbur… where are you??? La tira planteaba situaciones cómicas y disparatadas, provocadas por un indomable joven llamado Wilbur, que traían de cabeza a toda su familia y solían acabar con una moraleja no exenta de un sentido ético edulcorado. Wilbur acabó siendo la proyección de un personaje travieso de ficción y a dicha característica él añadió un fondo ciertamente oscuro que se alimentaba del hecho de que el amor que le entregaba su madre, bipolar sin diagnóstico, bebía las fuentes del chantaje emocional, la culpa y la sobreprotección todo ello combinado en un cóctel ciertamente indigesto. Este sedimento tan turbio marcó la relación de ambos, relación en la que Wilbur trató de ser obediente y Jeanne, una buena madre. Intento fallido la mayor parte del tiempo, dado que Wilbur se educaba de forma autónoma en la calle, huyendo de las aulas y de un aprendizaje reglado, mientras Jeanne se lanzaba ciega de obsesión a la búsqueda de hombres asequibles y dispuestos a entregarse sin condiciones. Wilbur trabajó varios años en un taller de mecánica, su buen uso de las manos y su nervio suplieron la carencia de conocimientos. Aquel tiempo de bonanza, fue el único en que predominó un cierto equilibrio vital en la familia.

El sueldo que regularmente entraba al hogar, calmó los ánimos de su madre y le permitió una independencia necesaria que, fatídicamente, desapareció el mismo día en que el taller bajó su persiana para siempre. La falta de trabajo inició un proceso de crisis irreversible que sólo cesó con el fallecimiento de Jeanne, en extrañas circunstancias, mientras Wilbur estuvo vagando por la ciudad durante más de dos semanas. Fue él quien encontró el cadáver en un alto grado de descomposición. La casa se convirtió en su santuario, el lugar idóneo para bendecir y demonizar a su madre y a su propio destino.

Curriculums

Ficha artística

Producción de Camí de Mora
Escrita y dirigida por: Ismäel Bêrg
Interpretada por: Carla Flors
Paula Peña
Carlos Carbajal
Música original de: Rod&Bêrg
Producción musical: Pas Production
Dirección artística: Ismael Bereje
Escenografía: Gabriel Escalera
Fotografías: Wixmaberg
Diseño de póster Enzo Quilici

Necesidades Técnicas

  • Espacio cerrado, a modo de caja negra.
  • Iluminación: 18-24 canales (Flexibilidad en el tipo de foco) Al menos 4 recortes. -Reproductor de c.d.
  • Mesa de audio.
  • Un día de ensayo en el espacio antes de la representación.

Presupuesto

  • El presupuesto de St Hedwig es de 2000e IVA no incluido.
  • Si se programara más de una actuación este precio sería variable.